Cualquier juego puede decir que es justo. Lo raro es que puedas comprobarlo tú, sin fiarte de quien lo hizo. Estas son sus normas, qué pasaría si no las cumpliera, y cómo saberlo.
Imagina que alguien diseña el juego para que te vaya un poco peor. No lo notarías. Solo tendrías la sensación de que la partida podía haber ido mejor, y no habría forma de saber si fue mala suerte o si estaba hecho aposta.
Ese es el problema de verdad: no que te perjudiquen, sino que sea imposible demostrarlo. Nadie te deja mirar dentro del juego. Estas normas existen para que no haga falta.
Cada una con lo mismo: qué promete, qué pasaría si nadie lo comprobara, y cómo se comprueba. Los números salen del propio fichero de reglas que ejecuta el juego, no de un texto escrito aparte.
La vida baja sola mientras juegas. Cuánto baja depende de dónde estés pisando, y está publicado:
| dónde estás | vida por segundo |
|---|
Decir de más aquí arruinaría todo lo demás.
No impiden que alguien haga trampas. Hacen que se pueda demostrar, que es lo que cambia las cuentas para quien esté pensando en hacerlas.
No sirven contra un jugador que manipule su propio dispositivo. Estas normas vigilan a quien hizo el juego, no al que juega.
Una sola partida no basta para detectar que a ti en concreto te hayan puesto reglas distintas. Para eso está el registro público: si a alguien le sirvieran otras reglas, su huella no coincidiría con la de los demás y se vería.
Esto no es una promesa: es un fichero público que puedes abrir.